viernes, 22 de abril de 2016

Una más de Romeo y Julieta

~Cómo la vida misma~




Pasando por el corredor de ese interminable pasillo, que creí que nunca se acabaría, me recordó a el inacabable pasillo que atravesaba mi casa, de pequeña cada minúscula cosita era enorme, ahora todo se me queda corto, aunque siempre disfruto de las cosas que se me dan, como mis hijos, mis nietos, su amor incondicional... 
Todo me hacía recordar, incluso el número de la habitación "12" tenía tan solo esa edad cuándo le vi por primera vez. Era un niño modesto, educado y caballeroso, de hecho, siempre lo ha sido. Estaba en el parque, lloraba, me había hecho daño al caer de un ruidoso y viejo columpio, él se acercó a mí para curarme la herida que sangraba levemente, se lo agradecí con un dulce beso en la mejilla y pasamos la tarde jugando, al anochecer me llevó hasta mi casa, para asegurarse de que estaría bien, y se despidió con un "hasta mañana". Al día siguiente la sorpresa fue indescriptible, ese "príncipe azul" había llegado a lomos de su caballo hasta mi ciudad, por no decir mi escuela y vino para quedarse. 
Ese día, al salir del colegio, unos niños me esperaban, me insultaron, como de costumbre, ya que no era una niña muy sociable, o eso decían mis padres. Tras los insultos no dudaron un segundo en darme patadas, puñetazos, codazos y todo lo que les venía en gana, intentaba defenderme, pero, ¿Qué podía hacer una débil niña contra un grupo de mas de 10 personas? La nariz y el labio me sangraban y justo cuando creí que me iba a morir en un sitio tan odioso para mi, vino ese chico, del cual desconocía su nombre. "¡Dejadla en paz, ella no os ha hecho nada!" Dijo con su buena voluntad, pero solo recibió un "¡Pirate niño nuevo, esto no es asunto tuyo!" Como respuesta, entonces fue corriendo a llamar a la profesora, la cual a parte de ayudarme y curarme las heridas, se encargó personalmente de que no me pasara nada en mis últimos años de escuela. Mi "príncipe" me había vuelto a salvar. "¿Estas bien?" Dijo preocupado, a lo que respondí "Sí, gracias a ti", "Yo, Ezequiel VI, caballero leal, siempre estaré a su disposición, humilde doncella." 
Fue mi mejor amigo durante tres años. Recuerdo perfectamente las escapadas nocturnas. Silenciosamente saltaba al árbol que se situaba al lado de mi ventana debajo del cual me esperaba "mi caballero andante", intentaba no hacer ruido para no despertar a mis padres. Pasábamos la noche contando estrellas y hallando constelaciones, también recitábamos frases de nuestros respectivos libros de "Romeo y Julieta", nos encantaba leerlo, como mínimo ya lo habíamos hecho 10 veces. Esas palabras nunca se me quitarán de la cabeza "¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones, si yo pudiera hablar a gritos, penetraría mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo." A lo que él respondía arrodillándose y cogiendo mi mano: "¡Cuán grado suena el acento de mi amada en la apacible noche, protectora de los amantes! Más dulce es que la música en oído atento." 
Una década más tarde me sorprendió con esas mismas palabras, pronunciadas mientras sostenía un precioso anillo de pedrería en su mano izquierda, no pude contener la emoción, era como un cuento, gracias a él mi vida no paraba de ser eso, un cuento, como irreal. El día de mi casamiento pronuncié un sincero "Sí, quiero." Vestida de blanco cual princesa en su balcón, me enorgullecí al ver a la persona a la que amaba a mi lado, sentí que nunca se iría de mi lado, pero en realidad, nunca lo había hecho.
Tres años después Dios me regaló aquello que de niña creía imposible, una vida, que reposaba sombre mis manos, esa criaturita dependía de mi, me llenaba de felicidad. Ese gran regalo, esa breve pero larga historia, se repitió una vez más, y otra. Cada día parecían haber cambiado más y más, era increíble ver su evolución, su crecimiento, su infancia y adolescencia pasó por mis ojos como un suspiro.
Entonces ese pasillo se acabó, había llegado a mi destinatario. Entré a esa solitaria y triste habitación, estaba tumbado en una vieja camilla, rodeado de tubos y cables que comunicaban una máquina con su débil cuerpo, se le veía apagado y sin vida, no quería recordarlo así, quería hacer que se sintiera bien, al menos por unos instantes, así que no me lo pensé dos veces y dije "¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones, si yo pudiera hablar a gritos, penetraría mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo." A lo que él respondió con un filo de voz "¡Cuán grado suena el acento de mi amada en la apacible noche, protectora de los amantes! Más dulce es que la música en oído atento. No me olvides nunca, querida, pues tu llanto mi corazón no debe protagonizar, recuerda que siempre te amaré..." La tos casi le impedía terminar aquella frase, los latidos se hacían más leves, tras una parada en seco la "máquina" sonó, aún recuerdo ese triste sonido. Lágrimas caían mientras sostenía su aún caliente mano, "¡Oh Romeo, dulce Romeo! De mi corazón nunca saldrás, de mis lágrimas personaje principal, gracias por una vida tan digna y llena de momentos memorables, gracias por mis encantadores hijos, por darme un hogar y una familia, por ayudarme cuando mas lo necesitaba, por ser un compañero incondicional durante cuatro décadas, simplemente gracias..." 
Y pensar que todo sucedió con una llamada telefónica pidiéndome que fuera urgentemente hace 20 años...
Ahora, cada vez que mis hijos vienen a verme acompañados de mis nietos, siempre les digo que disfruten su vida, de lo que tienen, porque algún día se les arrebatará y quiero que ese día puedan decir "Me enorgullezco de lo que he tenido porque mi vida ha sido completa."


Dejo por aquí una redacción que realicé para un concurso, el cual no gané, but fuck the police ^.^

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