Cuando llegué a casa, aún desconcertada de lo que había sucedido, subí las escaleras rápidamente y me encerré en mi cuarto.
-¿Hermanita? ¿Has llegado?-
-Sí, siento no haber dicho nada, no me encuentro muy bien. No creo que vaya a cenar.- Dije tosiendo falsamente.
Estaba intranquila, pero no atemorizada, de echo esa chica se lo merecía, ¿quién sabe cuantas veces había abusado de aquella débil muchacha? ¿Y quién sabe a cuántos más les hacía lo mismo? Gente como ella es inútil en el mundo, sólo sirven para atormentar a los demás.
Me puse el pijama e intenté dormir. Tenía demasiada calor para estar en pleno otoño. Toqué mi frente, ardía. ¿De verdad me había puesto enferma?
-Erick, ¿puedes traerme una toalla mojada en agua fría, por favor?- Grité no muy fuerte. No quería hablar con nadie pero no había más remedio. Para no pasar más calor me quité el pijama y me quedé en ropa interior.
-¡Vooooy!-
Entró a la habitación, no pareció importarle en absoluto que estuviera en ropa interior, se sentó en la cama a mi lado y me colocó la toalla suavemente.
-¿Necesitas algo más? ¿Una sopa calentita?-
-No, gracias, no tengo hambre.- Le acaricié la mejilla.
-Entonces descansa.- Me dio un beso en la nariz. Es un cielo, y se comporta muy maduro, cuando quiere.
Salió de la habitación y tras un rato de darle vueltas a lo que me había pasado quedé rendida.
«Carry» se volvió a aparecer aquella figura que tanto temor me transmitía. Se iba acercando lentamente y tuve la típica sensación de deja vu. «¿Qué quieres?» respondí intentado afrontar mis miedos. «Sé que sabes quién soy y no te resultará extraño que te diga que ahora tú tienes una parte de mi poder. Si no crees lo que te digo, prueba es que mataste a esa chica sin siquiera tocarla, lo vi con mis propios ojos. Escucha atentamente, mata a los que creas que son inútiles, o cerrados de mente. Y sobretodo no hagas preguntas.»
Me levanté, esta vez no estaba asustada, solo un poco desconcertada.
Normalmente suelo usar un razonamiento lógico para entender las cosas, pero una cabeza había rodado a menos de un metro de mi pie, ¿qué lógica tenía eso, si solo estábamos ella y yo en aquel parque?
Toqué mi frente, ya no tenía fiebre. El despertador marcaba 7:55 a.m. pronto sonaría, lo apagué. Hice mi rutina diaría: ducha, vestirme, peinarme y bajar a desayunar. Sí, pretendía ir al instituto y probar si la teoría de que puede que tuviera poderes era cierta.
Mientras desayunaba vi un informe televisivo: "Chica decapitada en el parque de la calle menor." Se me revolvió el estómago, apagué la TV y me marché en metro.
Cuando llegué sentí que todos me miraban, pero eso era habitual. Soy la más popular y ni siquiera me molesto en tener amigos. Todos murmuraban cosas como "¿Has oído en las noticias que decapitaron a una de 1er curso?" o "Ya no voy a ir más por ese parque" aquel tema inundaba los pasillos de rumores.
-Señorita Carry, soy escritora del periódico de este instituto. ¿Puedo preguntarle qué opina sobre el reciente incidente ocurrido a una de nuestras alumnas?-
-Ya lo has hecho, pero opino que es una terrible desgracia, esa chica era una buena estudiante.-
-Gracias por atender a mis cuestiones. Que pase buena mañana.-
No me quedaba otra, tenía que proteger aquella tapadera que llevaba años creando.
Durante la hora del recreo fui a buscar a la chica débil del otro día. Miré en todos lados, pero no la hallé. Por probar, busqué en el último lugar en el que la había visto, la enfermería. Allí estaba, con un moretón en el ojo.
-¿Pero qué te ha pasado? Creí que ahora que falleció esa chica nadie te pegaría nunca más.-
-Pues no, ahora me culpan a mí de haberla decapitado. Nunca le he puesto la mano encima a nadie, ni siquiera me defiendo si me pegan, ¿cómo voy a ser capaz de decapitar a alguien?- Tras estas palabras se puso a llorar y la abracé, me daba lástima.
-¿En qué curso estás?- Dije secándole las lágrimas con un pañuelo que saqué de mi bolsillo.
-En 1ero de preparatoria, aula C.-
-Estás justo en frente de la mía. ¿Qué te parece si a partir de ahora te acompaño a donde vayas? Conmigo delante nadie se atreverá a insultarte y menos a pegarte.- La verdad me parecía una buena niña.
-¿Haría usted eso por mí, señorita Smith?-
-Por favor, ahora somos amigas, llámame Carry. Por cierto, ¿cómo te llamas?-
-Ayleen.-
Sonó el timbre del fin del recreo y la acompañé a su clase.
-Ahora todos nos miran.- dijo mientras caminábamos por el pasillo.
-¡Vaya vaya! Pero si es la estirada y la patética. Menudo dúo más bonito.- dijo un chico con aire irónico. Pasé de él.
-Oye, no dejes que sus comentarios te afecten, son sólo escoria humana.- le susurré a Ayleen al oído y luego la dejé entrar a su clase; yo me fui a la mía.
Al salir, con tantos murmullos decidí acompañar a Ayleen a su casa, por si acaso.
Por el camino me contó que desde pequeña se metían con ella por llevar gafas y aparato dental, pero sobretodo porque estudia mucho para sacar buenas notas, pero lo hace para que sus padres se sientan orgullosos de ella.
Cuando estábamos a una manzana de su casa noté que alguien nos seguía.
-Te hago una carrera de aquí a tu casa.- Dije para disimular y salir de allí.
-Vale.-
Nos pusimos a correr y dejé que ella ganara, le di un beso en la frente y le dije que mañana me esperara en la puerta del instituto, le prohibí que entrara sin mí. Después volví tranquila hacía aquella calle. Me esperaban el chaval de esta mañana y su banda de niñatos sin personalidad.
-Sabía que vendrías, niño engreído que se mete con los demás porque hay un hueco vacío en su interior.-
-Niña rica de mierda, ¿crees que eres psicóloga o qué te pasa? En realidad solo eres una puta y una inútil.- Sacó una navaja de su bolsillo, junto a todos sus amigos, me rodearon apuntándome con ellas. Estaba acorralada.
Inútil... «mata a los que creas que son inútiles o cerrados de mente.» Llegó la hora de probar mi teoría.
-Aquí los únicos inútiles sois vosotros.- apreté la mano y pensé en cómo les mataría. Primero les arrancaría los dedos, seguido de las extremidades y luego la cabeza, lentamente. Y así sucedió, menuda carnicería. Fueron mis conejillos de indias, pero si no hubiera hecho nada, yo podría haber muerto. Obviamente me fui corriendo e hice como si no pasara nada.
Lo que más me sorprendió no era la sangre que derramé, sino la responsabilidad que conllevaba ese don, si así se podía llamar, me sentía poderosa e inmortal. Y esto no es más que el comienzo.

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